martes, 11 de junio de 2019

Una sal muy poco común

Cuando oye el término sal, casi todo el mundo piensa en la sal de cocina, también conocida como sal común, de la que ya hemos hablado en Sal ¿sin sal?. Usada desde tiempos inmemoriales como conservante (salazones, curado del jamón, etc), es sustancia imprescindible en la cocina -¿qué sería de una ensalada sin sal?- y se utiliza con  frecuencia en el habla habitual con connotaciones positivas -pero qué salada es esa cría-. La imagen del salero es frecuente en las mesas españolas y se usa mucho, salvo si hay personas hipertensas como yo, que debemos tomar muy poca sal.


Eso sí, la cosa empieza a complicarse cuando en la Química hablamos de sales en general, que resulta que son un tipo de sustancias: el bicarbonato de sodio, el sulfato de cobre, el nitrato de plata, etc. Ahí están las sales de baño para relajar, como las famosas sales de epsom (sulfato de magnesio), las sales del Mar Muerto, y muchas otras, que se venden carísimas por sus supuestas propiedades casi terapéuticas.

La sal de cocina se puede obtener en minas de sal (por ejemplo, Remolinos en Zaragoza) o a partir de agua de mar en salinas (como las de Torrevieja en Alicante). Se trata para depurarla y blanquearla, moliéndola para que tenga el tamaño de grano adecuado. 

También se suele añadir iodato de potasio (¡otra sal!) para combatir o prevenir la deficiencia de iodo en las dietas alimenticias, con lo que se obtiene la sal iodada. El aspecto de la sal no cambia, pero aunque la imagen del salero con la sal queda "ligeramente" modificada, nadie podrá negar que el resultado queda absolutamente "salao".